El último suspiro

El último suspiro

Anochecía. Parpadeaban las primeras estrellas mientras yo continuaba allí sentado, esperando que ocurriera lo que tanto tiempo había deseado.

Se levantó una brisa agradable y fresca que no hacía presagiar lo que aquella noche iba a ocurrir. Mis hermanos estaban a mi lado, escondidos en el callejón enfrente del restaurante. JC tenía esa cara de sádico que tanto lo caracteriza y que le ha dado el mote por el que todos lo conocemos: el hijoputa. Richi todavía era un niño lo que no le impedía acariciar la Colt como si fuera la hembra más hermosa, aquella noche sería su bautizo de sangre y su cara mostraba la pasión con la que deseaba que llegara el momento. Lucky estaba hasta los mismísimos de que lo vacilasen con su tocayo Luciano, y no estaba feliz, no, estaba ansioso. En los días previos su comportamiento recordaba más al de un apache deseoso de cortar cabelleras que al de un respetable gángster que está intentando hacerse un hueco en la ciudad de Chicago.

Además de mis hermanos estaban con nosotros cuatro de los chicos. En total éramos ocho cañones y ellos no serían más de cuatro. Llegarían en coche a cenar al Di Caprio’s, y nos los cargaríamos antes de que se pudieran sentar a comer los riquísimos espagueti boloñesa que prepara Don Dino.

Don Dino no sólo se dedicaba al restaurante. Él era un chivato buscavidas que vendería a su madre por salvar su culo. Llevaba meses diciéndole que o me ayudaba a matar a Luciano y a los suyos o que sería su familia la que caería. Me encantaba relatarle cómo empezaría a matarlos a todos. Cómo entraría un día a cenar en su restaurante. Pediría de comer. Y a medida que me comía un bocado, le iría cortando los dedos a sus hijos mientras le metía balas a él por todo el cuerpo. Como tirado en el suelo desangrándose, vería cómo degollaba a su madre, a sus hermanas y a sus cuñados. Para acabar el banquete pegándoles un tiro en la cabeza a cada uno de los ocho primos hermanos, con lo que acabaría con los Di Caprio para siempre.

Don Dino estaba acojonado. Tenía miedo de que algo así ocurriera, así que accedió a ayudarme a tenderle una trampa a Luciano y a los suyos. Y allí estábamos a la espera de que todo ocurriera. Eran casi las 7, la hora D. A esa hora tenía que llegar Luciano a cenar. Y a menos 5 pudimos ver como entraba su coche en la avenida que corta por delante del restaurante. Se aproximaba a nosotros. En unos segundos los tendríamos a tiro. Y justo antes de llegar a la puerta del restaurante, giró a la izquierda y se metió por el callejón que da a la entrada lateral del restaurante.

No lo teníamos previsto. Empezamos a ponernos nerviosos. Yo, que había sido sargento en la gran guerra, tomé las riendas de la situación e hice un plan de emergencia. Cuatro iríamos por el callejón y otros cuatro entraríamos por la puerta principal. A tiros, como si estuviéramos en el campo de batalla. Matando a Luciano, a sus compinches, a Don Dino y a quien hiciera falta.

“One, Two, Three, Go”

PAM PAM PAM PAM PAM PAM

Empezaron a sonar disparos de todos lados, pero no eran los nuestros. De las azoteas de los edificios aparecieron decenas, yo diría centenares de tíos para acribillarnos como cerdos en aquella puta avenida que se convirtió en nuestro cementerio.

Y aquí estoy tirado en la calle, con sabe dios cuántos tiros encima. A punto de morir. Viendo como mi estirpe, y no la de Don Dino, desaparece bajo el plomo y los chivatazos de la puta mafia de Chicago. Arggggg.

Este relato fue escrito dentro del curso Redacción y estilo de escritores.org.

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